Escrito por J.R. Alonso de la Torre.
Mi padre tenia 20 años y trabajaba de contable en una lecheria de Borines (Asturias) cuando le ofrecieron venirse a Cáceres. Antes de partir, mi abuelo Elías le dio un consejo: «Hijo mío, lee todos los días el periódico». Mi padre no entendió muy bien la trascendencia de aquella recomendación, pero obedeció, visitó todos los días el quiosco del barrio y, gracias a la lectura de prensa, entendió el entorno, comprendió el mundo, amó su nueva patria chica y actuó en consecuencia: se hizo funcionario, se casó con una extremeña y plantó 300 olivos.
El Viernes Santo, di un paseo por el barrio huyendo de las aglomeraciones y conté seis quioscos de prensa cerrados. Solo resiste aquel en que mi padre compraba el diario. Tiene una clientela fija de adictos a las noticias en papel, lectores que no se hacen a la prensa ‘online’ porque valoran cómo destaca cada periódico las informaciones y cómo las situa en la página, algo que les parece imprescindible para saber a qué atenerse y estar bien informados.
Perdí el norte el día que empecé a escribir para el lector. Sí, esa tarde que titulé una crónica pensando en la reacción que provocaría en las redes sociales y las visitas que atraería por su anzuelo morboso y especulativo. Me desnorto cada vez que le doy más importancia a las visitas que tiene una columna que a la columna en sí. O cuando busco la lista de lo más visto, lo más comentado, lo más enviado y anuncio alborozado que estoy en sexta posición.
Mi padre murió hace justo un año y nunca dejó de leer el periódico en papel. Ese día, renegué del halago fácil y el ansia de clickbait y ahora, cada vez que me acerco al quiosco resistente, los homenajeo a él y a mi abuelo.

























